Primero gente, después tecnología

Muy poco de lo que vemos en la gestión pública es realmente tan tenebroso como se percibe.  Es peor a veces.  Al final, estamos hablando de personas, con problemas, aspiraciones, sueños, sentimientos, malestares, días grises y días de arcoiris.   Y es precisamente esta realidad la que me lleva a contradecir aquella enfática idea de que al introducir tecnología a la gestión pública se reducirá la burocracia, la corrupción, se mejorará la eficiencia y la transparencia y en fin, seremos todos felices.

Mentira.  La tecnología es un medio, no una varita mágica que hará que la gente tenga mejor empleo, aprenda más o tome mejores decisiones; es como pensar que la mejor universidad del mundo hará al mejor profesional por el simple hecho de haber estudiado ahí., al final, hablamos de humanos, de gente.

De ahí que mis reflexiones sobre gobierno electrónico -o administración tecnológica- me inclinan a priorizar el cambio social positivo o negativo frente al acceso a tecnología como un indicador de satisfacción o de éxito de las estrategias de gobierno electrónico, y no solo la mera provisión de tecnología para la facilitar trámites o poner servicios en línea.

Las evaluaciones de gobierno electrónico deberían estar entonces no centradas exclusivamente en la eficiencia de la gestión pública, sino también en los efectos colaterales en el desarrollo -un famoso término del que conversaré en otra entrada y que puede dar mucho de qué hablar- y en la transición individual y colectiva a la sociedad de la información.

En todo caso, ¿no es el objetivo el bien común, el progreso, el desarrollo y el bienestar de la sociedad? Bueno, eso empieza con la gente, y no con la tecnología.